Desde su descubrimiento, en 1895, los Rayos X han tenido un enorme impacto en la historia de la ciencia y la medicina moderna gracias a su enorme gama de aplicaciones.

En sus inicios, las radiografías se usaron únicamente para descubrir tanto cuerpos extraños en el organismo como fracturas óseas, convirtiéndose con el correr de los años en una especialidad médica gracias a su incidencia en el estudio de los tejidos blandos más profundos, lo que se hizo posible con el empleo de Bario en las placas, dando paso así al diagnóstico radiológico ya que este elemento es opaco a los rayos X.

Los alcances clínicos que ha tenido esta tecnología han permanecido vigentes para el análisis de diferentes estructuras del cuerpo humano, desde el sistema óseo hasta el aparato digestivo e incluso el cerebro y corazón, permitiendo así el tratamiento de enfermedades que antes se creían incurables, especialmente las tumorales y las oncológicas, como el cáncer.

Además de su empleo en la medicina, los rayos X han resultado sumamente útiles en diferentes campos de la actividad humana, incluyendo la Arqueología, posibilitando el estudio de organismos antiguos y ruinas arqueológicas; el Arte sobre todo para la autentificación de pinturas; así como en el campo de los servicios de la seguridad donde se emplean máquinas de rayos X para inspeccionar el interior de objetos sospechosos o “escanear” a las personas.

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